jueves, 15 de enero de 2009

A veces los malos ganan (parte 2)


--------------------Seis días después--------------------

La luna escondía su rostro detrás de una capa de gruesas nubes. El ambiente era húmedo y algunos truenos resonaban a lo lejos. Una figura inmóvil, vigilante sobre los tejados de la ciudad. Como un gato, su gruesa capa se agitaba fuertemente bajo el viento, su presencia pasaba desapercibida.

Con un ágil salto, cambió su posición a otro tejado, sus ropas ondearon tras ella. Sus pies se posaron sobre las lajas de pizarra sin un sonido, sin apenas notar su peso. “Que empiece la fiesta”, pensó la asesina. En cinco días se conocía la casa de su víctima con todo lujo de detalles. Había vigilado, investigado, probado y ahora nada podía salir mal. La lluvia empezó a caer, al principio suave pero tornándose más agresiva quedando empapada la mujer sobre el tejado.

Se agachó y con cuidado cogió una teja oscura y la aparto a un lado. Hizo lo mismo con varias a su alrededor dejando un oscuro agujero en el tejado. Previamente alguien había apartado la paja de debajo, y por allí se coló la asesina. El lugar donde se encontraba ahora olía a resina y a excrementos de animal. Un leve fulgor se filtraba de entre las rendijas del suelo. El techo inclinado era bajo, apenas podía estar de rodillas, evidentemente se trataba de una cámara aislante.

Para mayor comodidad la joven se desprendió de su capa. Su cabeza y su rostro aún seguían cubiertos por telas, sólo sus ambarinos ojos desafiantes destacaban. Su cuerpo cubierto por una armadura de oscuro y suave cuero. La armadura se ajustaba a su delgado cuerpo como un guante. En su muslo reposaba una daga y en su cinto dos delgadas y curvadas espadas. Con movimientos felinos y silenciosos empezó a moverse de viga en viga, hacia un extremo; la casa era de una sola planta, de techo alto, y esta cámara cubría toda ella, aislándola del calor en verano, del frío en invierno, y protegiendo de goteras en época de lluvias.

Se oían voces debajo de ella, retazos de las conversaciones de los guardas en susurros. El dueño de la casa dormía, temeroso de los ladrones sólo tenía apostados dos en la planta principal, el resto estaba en el sótano. En ese lugar era donde guardaba su dinero y joyas. La sirvienta dormía cerca de la cocina, en una pequeña estancia apenas amueblada. La mujer arrastró con la confianza que le da lo conocido, no era la primera vez que estaba ahí. Movió un tablón encubierta por el ruido de los relámpagos.

-Te digo que es verdad, Reinhard ha dado muchísimo dinero a la ciudad para poder protegerla de ataques y todo eso. Creo que han comprado armas y contratado más hombres –Murmuró una voz grave.

-Pero, ¿era tanto dinero como para hacerle tan famoso? Es increíble.

-Bueno, no soy yo quién para decir nada de otros, pero según he oído, cuando él aún era un crío sus padres murieron en un ataque a su casa. Creo que quiere que la ciudad entera esté segura, no sólo él –Volvió a comentar la primera persona en un hilillo de voz.

-¡Que hombre! Bueno, aunque me dio permiso la semana pasada para ir a visitar a mi madre además de darme varios aceros para el viaje. No debería extrañarme de su generosidad –Respondió a su vez la segunda vez ahora más impresionado.

Los hombres hablaban con susurros, pero la mujer sobre sus cabezas lo oyó todo con claridad. Sonrió para si, poco le importaba cómo fuese su victima, a ella lo que le importaba era hacer su trabajo limpiamente y cobrar. De un lento movimiento desenvainó sus armas con la sonrisa aún en sus labios.

Sólo necesitó un instante. Deslizarse desde el techo, caer detrás de los hombres sin apenas un ruido de sus suaves botas y atravesar con un gesto a los dos hombres, que de la sorpresa sólo emitieron un leve gemido al caer. Sus corazones habían sido atravesados habilidosamente por detrás.

La mujer se movió deprisa, se escondió detrás de un enorme sillón alerta. No parecía que nadie se hubiese percatado de la muerte de los guardas. Lentamente buscó la habitación de la sirvienta. La encontró atravesando la cocina. Una anciana de cabellos plateados profundamente dormida. En su mesilla de noche una vela apagada junto a unas agujas de hacer punto, donde su labor ya revelaba la forma de un pequeño camisón. La asesina se acercó a la ventana y miro a través de ella. La lluvia aún arreciaba formando una cortina de agua sobre la superficie de cristal. Con lentitud cogió un cojín que adornaba una mecedora cercana y se acercó a la cama.

La anciana intentó apartar las manos que apretaban el cojín contra su cara, pero su fin era inevitable. Una vez quieta, la mujer quitó su improvisada arma del rostro de la criada, y recolocó su cabeza de tal forma que aún parecía dormida.

El sótano era su próximo objetivo. Desde su escondite en el techo, mientras vigilaba los movimientos de los habitantes de la casa en los últimos días, había visto como Reinhard movía la estantería de su estudio revelando que era una puerta falsa hacia su sótano. Repitió el mismo patrón que el dueño del hogar. Por suerte, los goznes giraron sin ruido. Unas escaleras bajaban, se oían risas y conversaciones masculinas. La mujer metió la mano en una de los saquillos que llevaba colgando del cinturón, y sacó un pequeño paquete de papel enrollado. Se trataba de una composición de veneno en polvo. Según le había asegurado el vendedor que se lo suministraba, se trataba de un poderoso veneno que atrofiaba y secaba las vías respiratorias, lo que provocaba que las víctimas muriesen entre horribles espasmos de dolor.

Lirio Rojo se fundió con las sombras de la escalera, y paquete en mano con el mayor sigilo posible bajo hasta el sótano. Los hombres parecían ebrios, cantaban y reían celebrando algo. Tranquilamente se plantó en la puerta y por fortuna ellos ni se percataron de su presencia. Con un gesto casi desganado les lanzó el paquete, el cual, calló dentro del círculo de camarería que habían formado, rompiéndose y esparciendo su contenido entre ellos. La mujer ya había girado sobre sus talones y había vuelto a subir las escaleras cerrando la puerta falsa tras ella. Pronto empezaron a escucharse gorgoteos agónicos, la estantería ahogaba todos los sonidos.

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